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El espejo de cuerpo entero devolvía una imagen que Elian detestaba con cada fibra de su ser, o al menos, con cada fibra de su nueva alma.

El reflejo no era el suyo. No era el del hombre de treinta años, cansado y cínico, que solía quedarse despierto hasta las tres de la mañana leyendo novelas basura en un apartamento de alquiler. En su lugar, el cristal mostraba a una criatura etérea, casi dolorosamente hermosa. Piel de porcelana pálida, ojos del color de la miel derretida y una clavícula tan delicada que parecía pedir a gritos ser rota.

—Maldita sea —susurró, y su voz salió suave, melódica, un sonido diseñado genéticamente para complacer. Se llevó una mano al cuello, donde el collarín de encaje ocultaba la glándula de olor, esa pequeña maldición biológica que dictaba su destino en este mundo.

Había reencarnado en “El Lamento del Cisne”, una novela Omegaverse de tercera categoría llena de clichés tóxicos. Y él era Elian Viridian, el cordero de sacrificio. El Omega destinado a despertar la obsesión oscura del Gran Duque Kael, un Alfa recesivo de sangre pura y moral inexistente.

Elian cerró los ojos, luchando contra una náusea repentina. Su cuerpo, esta prisión de carne ajena, reaccionaba a sus propios nervios soltando feromonas de angustia. El aire de la habitación se endulzó de golpe, un aroma empalagoso a melocotones maduros que le dio ganas de vomitar.

—Cálmate —se ordenó, respirando hondo—. Si sigues oliendo a miedo, te devorarán antes de llegar al aperitivo.

Hoy era la noche. El Baile de la Luna Creciente. La página uno. El momento exacto en que Kael debía mirarlo y decidir que Elian era su propiedad.

No si yo puedo evitarlo.

Se ajustó la chaqueta de terciopelo esmeralda, una prenda exquisita que costaba más que su vida anterior entera. Su plan era suicida, pero era la única opción: destruir la fantasía. Kael buscaba sumisión, pureza y temor reverencial. Elian le daría arrogancia, suciedad y desdén. Haría que el Alfa lo mirara y sintiera repulsión.

El salón de baile era un océano de seda, joyas y mentiras. Pero lo que golpeó a Elian no fue la vista, sino el olor. Era una cacofonía de esencias: flores, almizcle, especias, madera. Cientos de Alfas, Betas y Omegas mezclados en un caldo de hormonas y estatus social.

Sus rodillas temblaron. No fue una decisión consciente; fue biología pura. Su instinto Omega, una voz primitiva en la base de su cráneo, quería someterse, quería esconderse, quería buscar protección. Elian apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en las palmas, usando el dolor para anclar su mente humana.

—Cabeza alta, idiota —se siseó a sí mismo—. Eres un hombre, no un animal.

Caminó entre la multitud, ignorando las miradas lascivas de algunos alfas menores. Y entonces, todo el aire del salón pareció desaparecer.

Fue como si la gravedad hubiera cambiado de eje. Un silencio pesado cayó sobre el ala norte del salón, extendiéndose como una mancha de aceite. Los músicos no pararon, pero las notas parecían sonar más débiles, asfixiadas.

Lo olió antes de verlo.

No era un olor, era una presencia física. Hielo seco. Sangre metálica. Y algo antiguo, como piedra quemada. Era un aroma tan dominante, tan absolutamente depredador, que el cuerpo de Elian reaccionó con violencia: su corazón se disparó contra sus costillas como un pájaro enjaulado y un sudor frío le bajó por la espalda.

Allí estaba. Lord Kael.

Estaba de pie junto a una columna de mármol, sosteniendo una copa de vino tinto que parecía sangre en su mano enguantada. Era más alto de lo que la novela describía, más ancho de hombros. Su cabello blanco caía lacio sobre su frente, un contraste brutal con el traje negro militar que vestía.

Pero eran los ojos. Esos malditos ojos rojos.

No brillaban con magia de fantasía barata. Eran opacos, profundos, el color de la sangre arterial oxigenada. Y estaban fijos en Elian.

Elian sintió que el instinto de “lucha o huida” gritaba ¡HUYE! tan fuerte que casi se dio la vuelta. Kael no lo estaba mirando con deseo; lo estaba mirando como un lobo mira a un ciervo que ha tropezado. Con una curiosidad letal.

Ahora o nunca.

Elian tragó saliva, forzó una sonrisa torcida en su rostro y caminó directamente hacia el monstruo. Sintió las miradas de toda la corte clavadas en su nuca. Nadie se acercaba a Kael voluntariamente.

Cuando llegó a dos pasos de distancia, la presión de las feromonas del Alfa era tan intensa que a Elian le costaba respirar, como si estuviera a gran altitud. Kael bajó la mirada, sus ojos rojos recorriendo a Elian de pies a cabeza con una lentitud insultante.

—Lord Viridian —dijo Kael. Su voz era una vibración baja que resonó en el pecho de Elian, haciendo vibrar sus propios huesos. No era una voz humana; era el sonido de una avalancha lejana—. Te has perdido. La zona de los Omegas está al otro lado.

Elian alzó la barbilla. Mantuvo el contacto visual, aunque cada célula de su cuerpo le gritaba que bajara la mirada y mostrara el cuello en sumisión.

—No estoy perdido, mi Lord —dijo Elian, inyectando todo el veneno y la altivez que pudo reunir. Su voz tembló ligeramente, pero esperaba que pareciera ira, no terror—. Simplemente vine a ver de cerca al famoso “Carnicero del Norte”. Debo decir… es decepcionante.

El silencio alrededor de ellos fue absoluto. Alguien ahogó un grito.

Kael no parpadeó. La copa en su mano se detuvo a medio camino de sus labios.

—¿Decepcionante? —repitió, suavemente. Demasiado suavemente.

—Terriblemente —Elian dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal del Alfa, una ofensa capital—. Me esperaba a un guerrero imponente, una bestia salvaje. Pero solo veo a un burócrata pálido con un traje aburrido y una copa de vino barato. —Hizo una mueca de disgusto fingido, arrugando la nariz—. Y su aroma… es tan frío. Carece de la calidez que un Omega de mi categoría requiere. Francamente, Lord Kael, me aburre solo de mirarlo.

Elian contuvo la respiración. Hazlo. Ódiame. Tira la copa. Expúlsame. Grítame por mi insolencia.

Los ojos rojos de Kael se entrecerraron. Hubo un segundo, un latido eterno, donde Elian vio una chispa de violencia pura en esa mirada escarlata. Aquí viene, pensó, preparándose para el golpe o el grito.

Pero la violencia se transformó. Se retorció.

Las pupilas de Kael se dilataron, devorando el rojo. Una sonrisa lenta, depredadora y carente de toda calidez humana, cortó su rostro.

Kael dio un paso adelante. Elian intentó retroceder, pero su espalda chocó contra la columna de mármol. Estaba atrapado. Kael se inclinó, apoyando una mano en la columna, justo al lado de la cabeza de Elian, encerrándolo en una jaula de brazo y piedra.

El olor a hielo y sangre lo inundó, embriagador y aterrador.

—Nadie… —susurró Kael, su boca rozando el lóbulo de la oreja de Elian, provocando una descarga eléctrica que recorrió su columna vertebral—. Nadie me había dicho nunca que eras aburrido. Me han llamado monstruo, tirano, asesino… pero nunca aburrido.

Kael inhaló profundamente, pegando su nariz al cuello de Elian, justo sobre la glándula de olor protegida. Elian se quedó paralizado, su corazón martilleando tan fuerte que dolía.

—Tu corazón late como el de un colibrí aterrorizado, Elian —murmuró Kael contra su piel. La voz era oscura, espesa con una posesividad repentina—. Mientes. Tus palabras dicen “aléjate”, tu boca destila veneno… pero tu aroma… tu aroma grita desafío.

Kael se apartó lo suficiente para mirarlo a los ojos de nuevo. La intensidad en esa mirada roja era insoportable. No había odio. Había hambre. Un hambre voraz y absoluta.

—Todos los demás tiemblan y bajan la cabeza. Tú me miras a los ojos y me insultas —Kael soltó una risa baja, un sonido oscuro que hizo que a Elian se le helara la sangre—. Crees que tu insolencia te hace repelente. Oh, mi pequeño y tonto Omega… no tienes idea de lo que acabas de despertar.

Kael levantó la mano enguantada y, con un solo dedo, trazó la línea de la mandíbula de Elian. Fue un toque suave, pero se sintió como si lo estuvieran marcando con hierro candente.

—La calidez está sobrevalorada —dijo Kael, sus ojos fijos en los labios de Elian—. El hielo conserva las cosas hermosas para siempre. Y tú… eres fascinante.

Elian sintió que el mundo se inclinaba. No. No, no, no. Esto no puede estar pasando.

—Disfruta del baile, Elian —dijo Kael, apartándose bruscamente, como si le costara esfuerzo físico no devorarlo allí mismo—. No te vayas lejos. No me gusta tener que cazar lo que ya he decidido que es mío.

El Alfa se dio la vuelta y se alejó entre la multitud, que se apartaba como el Mar Rojo ante Moisés.

Elian se quedó pegado a la columna, temblando incontrolablemente, con las piernas convertidas en gelatina. La náusea volvió, más fuerte que antes. Su plan maestro, su insulto perfecto… había sido gasolina para el fuego.

Buscó la salida con la mirada, desesperado por aire fresco. Al salir a la terraza, un sirviente de librea negra se materializó de las sombras, bloqueándole el paso. En sus manos sostenía una caja de terciopelo alargada.

—De parte de Su Excelencia, el Duque Kael —dijo el sirviente, con una voz monótona—. Dijo que olvidó dárselo en persona.

Elian abrió la caja con manos temblorosas. Dentro, brillaba un collar de zafiros oscuros, pesados y fríos como la mirada del Alfa. Debajo, una nota escrita en papel grueso:

“Para que no olvides a quién perteneces, incluso cuando intentas morderme. Tu veneno es dulce. Quiero más.”

Elian cerró la caja de golpe, sintiendo cómo el pánico real, el pánico de la presa que siente los dientes en el cuello, se apoderaba de él.

No había escapatoria. Lo había empeorado todo.

Y a lo lejos, desde el interior del salón, sintió el peso físico de dos ojos rojos observándolo a través de las paredes, pacientes, implacables, esperando su próximo movimiento.

Como hacer que el Alfa Obsesivo me Odie

Como hacer que el Alfa Obsesivo me Odie

Status: Ongoing Type: Author: Released: 2025 Native Language: Español
Elian Viridian conoce su final antes de que su vida comience. Tras despertar en el cuerpo del trágico protagonista de una novela Omegaverse, Elian sabe exactamente qué le depara el destino: ser la obsesión, la presa y, finalmente, el prisionero del Gran Duque Kael. En la historia original, la belleza y sumisión de Elian fueron su condena. Ahora, armado con los recuerdos de su vida pasada, decide que la única forma de sobrevivir es destruir esa fantasía. Su plan es simple y desesperado: ser odiado. Elian se propone convertirse en la antítesis de un Omega perfecto. Insulta al Duque en público, rompe las reglas de etiqueta, finge romances escandalosos y muestra sus peores defectos. Su objetivo es ver el asco en los fríos ojos rojos del Alfa y ser repudiado para siempre. Pero Elian ha cometido un error de cálculo fatal. Kael, el "Carnicero del Norte", es un depredador aburrido de la docilidad de la corte. Donde Elian intenta proyectar repulsión, Kael ve un espíritu indomable. Donde Elian ofrece desprecio, Kael encuentra un desafío excitante que le hierve la sangre. Cada intento de sabotaje de Elian no hace más que apretar el lazo alrededor de su cuello, transformando la curiosidad del Alfa en una fijación oscura y devoradora. En un juego del gato y el ratón donde la presa corre directamente hacia las fauces del lobo, Elian descubrirá que en el mundo de los instintos primarios, el odio no es lo contrario del amor... es solo otra forma de deseo. ¿Podrá escapar de un monstruo que interpreta sus gritos de rechazo como una melodía de amor?

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